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RELATO CORCERO: «El duende metamórfico»

Autor: Jaime Valladolid

Qué razón tenía mi santa madre cuando me decía aquello de que siempre dejo todo para el último día. Un año más volvía a pillarme el corzo. No obstante, lejos de autoflagelarme con aquel replique de reproches que sonaba en mi cabeza, opté por ver el vaso medio lleno y, apostado a la salida del monte, aguardaba ilusionado al Capreolus de mi vida que sin duda corroboraría aquello de que “lo bueno se hace esperar”.

Eran aproximadamente las 19.00 horas cuando el bello cantar de otra progenitora, el de la madre naturaleza, irrumpió en la perseverante perorata que se afanaba en enterrar mi sosegador y desmedido optimismo. De nuevo, aquel joven corzo de cuya presencia ya había disfrutado en anteriores ocasiones se adentraba ramoneando en una barranquera para, poco después, darse un chapuzón en el mar de rastrojos que flanqueaba la espesura del bosque. Dan fe de ese mágico momento las instantáneas que aquel día tomé con mi cámara de fotos y que observo con nostalgia y anhelo mientras escribo estas líneas.

El sol resbalaba mientras yo seguía aferrándome a la esperanza: seguro que llegaría… Unas dos horas y media después, el trajín de dos hembras volvió a alertarme. Me eché los binoculares a la cara y… ¡sorpresón! ¡Vaya corzazo! Apenas me dio tiempo a contemplarlo, pues, correteando tras las damas, puso rumbo fijo al rastrojal. ¡Qué momento! Solo faltaba culminar el lance. Con sigilo, anduve despacio hacia la asomada. A dos luces, apenas acerté a localizar a las dos corzas a unos 350 metros de donde me encontraba. Los prismáticos me confirmaron que el macho estaba justo detrás de una de ellas. Aproximarme más era muy arriesgado. Coloqué el trípode, tomé aire, me relajé, aguardé a que diese la cara y disparé con certeza. ¡Increíble! Galopando cual chiquillo, llegué jadeando hasta el corzo de mi vida para comprobar que el porte de su cornamenta no era ni por asomo el que sobresalía varios centímetros por encima de sus orejas cuando centelleó minutos antes huyendo del monte. ¿Cómo era posible? ¡Y qué mas daba! Lo bueno se hizo esperar… y llegó. Más allá de trofeos, es aquella vivencia única la que me permite recordarla y compartirla hoy con vosotros.

Ya en casa y aviado el corzo, descargué las fotografías en el ordenador y me puse a ojearlas. Amplié una de ellas y… ¡no podía ser! El corzo de mi vida era el que me había sobresaltado a primera hora de la tarde. ¿Dónde se habría metido aquel viejo y astuto macho que iba acompañado de esas dos mismas hembras? Entonces me vino a la cabeza aquel personaje de la Metamorfosis de Ovidio llamado Cadmo, quien, junto a su mujer, Harmonía, acabaron transformándose en serpientes.  ¿Acaso sería aquel corzo una criatura metamórfica o cambiante? Sea como fuere, lo fantástico de la historia que hoy os cuento ratifica que éste sigue siendo, sin duda, el corzo de mi vida.

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